domingo, 11 de agosto de 2013

La Partitura

La noche del estreno es siempre la más importante. El auditorio entero se puso en pie para recibir a los músicos, que lentamente fueron tomando sus posiciones en el escenario. El director hizo una reverencia al público y les dio la espalda. La función iba a comenzar. Dos toques de batuta para atraer la atención de todo el equipo y uno más para que comenzaran a tocar. La música se elevó como una nube de humo y comenzó a propagarse por la sala. A unos les llevó el sonido de la primavera y les recordó momentos felices. A otros sonidos de la semana santa y ensombreció sus semblantes. Había gente emocionada y críticos que quedaron defraudados. Y entre todos los rostros destacaba, por su sonrisa, el de un violinista. Era la primera noche que tocaba y estaba emocionado.

                Tocaban su canción preferida, esa que su madre le había enseñado cuando aún era un crío. No necesitaba mirar la partitura, ni al director, la música fluía por sus dedos y conectaba con el instrumento como si fuera una prolongación de sus manos. Mecía la cabeza al compás del arco y con el pie marcaba el ritmo. Sintió que algo se movía a sus pies, quizás se le hubiera caído una partitura y alguien la estuviera recogiendo. Pero cuando bajó la vista lo que contempló rompió todo el encanto de la escena que protagonizaba.


                Una joven de unos quince años, depositaba un billete gris en el vaso de cartón que había delante de él. Tragó saliva y le preguntó “¿Te ha gustado?”. “Yo sólo escucho música pop, pero me han sobrado cinco euros de la cena y tengo que gastármelos, sino se los voy a tener que devolver al viejo” Y tal y como había venido se marchó, dejando al mendigo con dinero para comer y un sueño roto. La noche estaba preciosa. El cielo estaba  estrellado, con millones de lucecitas que le hacían guiños, presagio de que algo bueno iba a pasar, pero comenzaba a refrescar. Así que recogió sus cosas y marchó en busca de un lugar donde poder descansar.

Bea Fernández.